LA PARADOJA DE LAMPEDUSA

ESTUPOR. Leo en los medios que la última película de James Bond podría ser la primera donde no oyéramos la mítica frase “Mi nombre es Bond, James Bond”. Tiemblan los cimientos de nuestra nostalgia. La razón expuesta es que resulta anticuado. James Bond es ahora un hombre rubio, agresivo, que se enamora. Dejaremos de lado las delicadas copas de champán, demasiado etéreas y frágiles en este mundo terrenal que nos absorbe. Qué lejos queda la indolencia chic que el agente secreto inyectaba en nuestras venas sedientas de magia.

PAZ. Este afán renovador me hace pensar en otra marca -007 es al fin y al cabo una marca con un irreprochable posicionamiento de marketing-: El Corte Inglés. El feudo de lo correcto, el país de nunca-jamás donde todo está disponible. El pasado, el presente y el futuro de nuestros deseos. Las letras de su logo, regordetas, como de secretaria aplicada, nos evocan un mundo maternal donde todo tiene solución. Sus atentos dependientes, aristócratas del gremio, nos hablan desde la experiencia como reyes corteses, afectuosos con sus súbditos. ¿Cambiará algún día el logo de El Corte Inglés? Pienso que no. Quiero pensar que no.

QUIZÁS. Juguemos al maestro y al pequeño saltamontes. Escribamos un slogan de contraportada de libro de éxito. Quizás si una marca no se renueva es porque no lo necesita. Quizás sólo cambian las que fallaron.

POESÍA. La última película de James Bond se llamará “Quantum of solace”, algo así como “Cuantía del consuelo”, que es un título bello y sonoro como un verso de Rubén Darío. Me fascina este giro hacia una lírica depurada que también vemos en los paisajes del trailer, áridos como un planeta por descubrir. ¿Otro cambio para enganchar a nuestros corazones caprichosos, ávidos de novedad, entrenados por la publicidad para desear siempre lo último?


METAMORFOSIS. ¿Qué nos da la novedad que la perseguimos como el elixir de nuestra plenitud? ¿Por qué algo bueno tiene que ser nuevo? Yo me refugio en el verde cálido, de mesa de billar de barrio, del logo de El Corte Inglés. Como decía Di Lampedusa: “Para que todo permanezca es preciso que todo cambie”. Sin duda, una de las frases más rotundas y hermosas que jamás se ha escrito. Bajo estas pieles que mudamos como disfraces viejos, siempre nos encontraremos con el mismo rostro. Y cuando vayamos a buscar a Bond, le seguiremos pidiendo que nos susurre al oído la fantasía todopoderosa del héroe mitológico que tras haber bajado a los infiernos, alcanza la inmortalidad.

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