UNA HISTORIA PECTORAL: AÑOS 80. GRACE JONES Y EL PELIGRO

En 1985, una musculada Grace Jones levantaba a un hombre vestido elegantemente por encima de sus hombros y lo dejaba caer con violencia en “007 – Panorama para matar”. En este gesto victorioso, en esa mirada desafiante, se encuentra el paradigma de los 80. Las mujeres arman su esqueleto con hombreras e irrumpen en el mundo masculino sin que sea posible la vuelta atrás.

Después de la crisis del 73, que acabaría con el espejismo de prosperidad reinante, los 80 ensalzan un nuevo dios –el dinero- y nombran nuevos profetas –los yuppies-. La diversión pasó a la historia y si nos divertimos será, en todo caso, a base de sustancias químicas carísimas y extremadamente peligrosas. La inocencia de los 70, su buena fe y el sexo alegre, ya no son rentables en el mercado. Las tetas, enmarcadas por esas hombreras poderosas, son un valor en alza y los nuevos iconos femeninos lucen escotes tensos a juego con cardados arquitectónicos. El pecho ya no flota si no que se engancha en el engranaje duro y resistente de la nueva imagen femenina.

En otro punto del globo, el poder no se esnifa (rápido, rápido), si no que se acumula en archivos polvorientos (despacio, despacio), pero sabe igual. Gorbachov se dispone a reformar el pétreo sistema soviético, que empezó como una ilusión de igualdad para acabar como una pesadilla de clonación y tecnocracia. Golpe al sueño socialista.  En el mismo año, 1985, los famosos de este mundo se unen para cantar aquello de “We are the World, we are the Children”. Queda oficialmente inaugurada la solidaridad como moda. África acaba de nacer en nuestros televisores. La globalización, poco a poco, va haciéndose un hueco en nuestros corazón.

Mientras, y paradojas catódicas mediante, “Dinastía” invade la sobremesa para ofrecernos en bandeja nuestros más profundos deseos. Sexo, petróleo y champán. Linda Evans y Joan Collins se convierten en la encarnación del bien y el mal de nuestra biblia casera. Y es que en esta época resurge con fuerza uno de los iconos femeninos por excelencia: la malvada. Joan Collins –Alexis  Carrington- es uno de los eslabones gloriosos de esta galería de maldad y a lo largo de la saga infinita de los Carrington llevará a cabo todo lo que nuestras manos candorosas no osarían hacer. Otra mala emblemática, y también enmarcada en esa tradicional dicotomía de la rubia-buena / morena-mala, es la Katherine Parker bordada por Sigourney Weaver en “Armas de mujer”. El título original de esta película –”Working Women”- desvela una de las claves de la década, que es la incorporación masiva de las mujeres al trabajo. Las hembras entran en el mundo salvaje de la competitividad masculina y camufladas bajo cortes que esconden sus curvas, luchan por el poder con toda la rabia que da siglos de exclusión. Ella es el enemigo.

Incluso las heroínas adquieren tintes ambiguos. El pecho atlético de Linda Hamilton en “Terminator” y el apenas visible de Sigourney, en “Alien”, dan una nueva dimensión a la camiseta imperio, que tras el frío metal de un arma, luce más sexy. Y es que si las mujeres de los 60 eran niñas descubriendo la libertad y las de los 70, adolescentes gozosas y juguetonas, las de los 80 serán hombres. La mujer compite contra el opresor y quiere ganar. Un símbolo de esta masculinización radica, curiosamente, en la figura de Madonna y en su look abiertamente sexual.  Sacando los sujetadores por encima de la ropa, hace un desplante al macho excitable. Ella ya no tiene por qué ocultar su feminidad, que los hombres hagan lo que puedan para asimilarla.

Pero volvamos a Grace Jones. No es casualidad que su nombre en la película de 007 fuera MayDay, la señal de auxilio que gritan los pilotos en situaciones de emergencia. A pesar de esta evidente amenaza, el hombre viril por antonomasia, James Bond, logrará yacer con ella en el lecho. Esto trae a colación una de las películas clave de la época: “Nueve semanas y media”. Mickey Rourke y Kim Basinger son catapultados a nuestra lívido como el símbolo erótico por excelencia. La película narra cómo Rourke, un ejecutivo millonario con barba de 3 días (último residuo de su salvajismo innato) doma a Basinger, una frágil y sensual galerista. En ese juego de dominación, dejarán para el recuerdo escenas que forman parte de nuestra educación sentimental y en las cuales, al final, el macho logra someter a la hembra deseable.

Pero dejamos atrás los laberintos del deseo y sus oscuros designios, para cerrar esta crónica con la apertura de la mencionada “Dinastía”. Su melodía nos reconforta como la magdalena proustiana, retrotrayéndonos a un pasado en el que aun éramos inocentes, mientras se forjaban unos roles que las mujeres defenderían, no sin dolor, en los años venideros.  Con esta maravillosa apertura llena de estereotipos y unos títulos de crédito que emergen como fuentes llenas de potencia, nos despedimos.

Hasta el próximo capítulo de UNA HISTORIA PECTORAL.

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