WILLKOMMEN, BIENVENU, WELLCOME

MAGIA. Hace algunos días, un bailarín de la compañía de danza de Alvin Ailey fue obligado a bailar en el aeropuerto de Ben Gurion, Tel-Aviv, para demostrar su identidad. Como en los buenos musicales, la melodía está a la vuelta de la esquina y en cualquier momento puede surgir la imperiosa necesidad de que el mundo se arranque a bailar a nuestro alrededor.

AMOR. Abdur-Rahim Jackson relata cómo los guardias de seguridad lo llevaron a una sala de espera para tratar de comprender por qué extraños motivos unos padres decidieron darle ese nombre sospechoso. Tras infructuosos intentos de averiguar el porqué, uno de los guardias le pidió “que bailara para él”. Quiero imaginar esa escena con altísimas dosis de romanticismo soterrado. Como dos desconocidos que perciben el pinchazo de una atracción efervescente, sabiendo que jamás se volverán a ver. “Baila para mí”, dice el guardia, apurando los últimos segundos del romance.

YO. Identidad, música y miedo. Un trío de ases interesante. ¿Qué nos define más? ¿Nuestro nombre o nuestro cuerpo? ¿Nuestra forma de movernos en el mundo? Sólo algunos rebeldes osan cambiarse el apellido, o se renombran con excusas artísticas. Los demás, súbditos de nuestro destino, vamos adaptando nuestro rostro al nombre que nos pusieron. Y la identidad se nos va formando sin que nos demos cuenta, como esa nariz que un día creció más de lo debido y que de pronto nos resulta ajena. ¿O quizás son nuestros miedos los que mejor nos perfilan? Ante lo que nos puedan hacer o por lo que podamos llegar a hacer. Yo me quedo con el cuerpo: la piel, los sentidos, la cadencia de nuestros gestos rompiendo el vacío. El único sitio, al fin y al cabo, en el que no somos extranjeros.

ELLOS. En el folleto de la Alvin Ailey Company aparecía una foto de A-R. J., lo cual, sin embargo, no fue prueba suficiente de su legitimidad como visitante. Si ni siquiera un papel publicitario diseñado por expertos en marketing es ya un criterio válido para saber quién es aceptable en este mundo, ¿a qué podemos atenernos? Menos mal que todavía hay hombres fuertes como esos guardias de seguridad, ajenos a estas frivolidades creativas. Hombres rectos y valientes que buscan protegernos de la maldad de este mundo. Que no tienen miedo a lo que piensen sus superiores ni a tener un pensamiento independiente. Que no temen a los que se empeñan en ser diferentes. Hombres, al fin y al cabo, parecidos a ti o a mí a veces, no siempre, casi nunca. ¿O quizás sí?

JAZZ. Fundido en negro. Suenan los primeros acordes de la melodía. Abdur-Rahim Jackson estira un brazo fibroso y se tapa la cara con una chistera bañada en purpurina. Mueve su cadera de manera sincopada. Lentamente, desliza el sombrero hacia su pecho, para descubrirnos un rostro de mirada incitadora. Antes de que podamos reaccionar, despliega su cuerpo esbelto en un asombroso grand-jeté. Y nos inunda esa explosión de felicidad que genera la perfección absoluta.

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