UN DULCE AMIGO

Leo en el blog Muack que a partir de octubre, el British Museum expondrá en sus salas la escultura Siren, réplica en oro macizo de la modelo Kate Moss. Por lo que anticipa la escueta foto, la obra describirá una Moss hiperrealista, siguiendo el camino de adoración que la escultura clásica otorgaba a sus dioses y héroes.

Esta noticia inspiradora me trae a la cabeza la impresionante obra de Jeff Koons, Michael Jackson and Bubbles. Un Michael Jackson al fin blanco, como probablemente él siempre se soñó, dispuesto a disfrutar el resto de sus días junto a un dulce amigo. Ambos –dueño y mascota- nos observan en placentera postura, con un halo inocente que desemboca en dos miradas profundas, ligeramente (por un segundo) aterradoras. La felicidad de Michael Jackson es un pozo oscuro al que nos da miedo asomarnos. Por algún motivo, nos sentimos ajenos a los pecados que lastran la mirada de M.J., como si la oscuridad no estuviera a la vuelta de la esquina en cualquiera de nosotros.

Los retratos de Quinn y Koons describen a dos figuras de nuestra época, condenadas al estrellato por sus vicios. Kate Moss es la famosa hiperbólica que consume droga y vacío para ser el icono de la belleza moderna. Qué mejor valor que la adicción para simbolizar nuestro sentido de lo perfecto: la adicción, el grado superlativo del deseo. En otra sala de exposiciones, Michael Jackson es el juguete roto que busca en la infancia ajena la que él no pudo tener. Los vicios de la modelo son públicos y definen la estrategia publicitaria de afamados anunciantes. Los vicios del cantante pertenecen a la agenda oculta de juicios multimillonarios y sólo las paredes opacas de un lugar llamado Neverland conocen la verdad. Su virtud -o la falta de ella-, en ambos casos, es la llama incendiaria que alumbra nuestra devoción.

Si se introduce la palabra “Kate Moss” en el buscador de imágenes de Google, un tercio de las fotos que primero aparecen critica sus rodillas, su ropa, sus aficiones dudosas. Los otros dos tercios nos ofrecen golpes de melena y labios entreabiertos, pómulos delicadamente dibujados. Para bendecir nuestro amor por ella, tenemos que someterla a juicio y en caso de que no lo supere, lapidarla nos resultará todavía más gustoso que venerarla. Si como decía Durkheim, la religión, en el fondo, no es más que la forma en que la sociedad se adora a sí misma, Kate Moss y Michael Jackson son nuestros mártires particulares.

Habrá que esperar a ver la obra íntegra Siren, ya que puede depararnos sorpresas, a tenor de los retratos previos de la inglesa que Quinn ya nos ofreció (véase el fascinante cuerpo de reptil que le dio en Sphinx). Mientras tanto podemos seguir gozando de Michael Jackson and Bubbles.

La obra está actualmente en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y nos propone a un Michael Jackson del tamaño de un niño, asequible bajo su piel de porcelana, relamido, hueco, tan acogedor e inquietante como el mono que descansa en su regazo. El espíritu kitsch de Koons nos pone en bandeja la risa y el rechazo y nos sirve de espejo de nuestra idolatría pagana. Los autoretratos en poses abiertamente sexuales con su esposa, Ilona Stadler, pertenecen al mismo mundo, en el cual todo es reluciente y digno de observación, como si fuera un extra-terrestre que observa en el microscopio a unos humanos minúsculos.

Mientras, los ojos de Bubbles, tremendamente oscuros, en denso contraste con el oropel que impregna la escultura, nos miran fijamente. Detrás de ellos, el dueño de Michael Jackson guarda sus deseos e instintos. Y nos cuesta mantenerle la mirada.

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