LA CARICATURA INVERSA

Debe de ser fascinante levantarse un día junto a una persona cuyo rostro ha cambiado. Ver que es la misma, pero intuir que es diferente, que algo ya no está ahí o que algo nuevo apareció. Pensar que nunca más será aquella que conocimos.

Las fotos de la nueva Letizia me hipnotizan frente al ordenador. Ese perfil súbitamente neutralizado, que un cirujano de la alta sociedad habrá limado con cariño y un hondo sentido de la responsabilidad patriótica. Esa sonrisa más delgada. Esa barbilla que, como me descubre un buen amigo, también ha sido difuminada. Imagino al príncipe Felipe despertando y viendo amanecer entre sábanas el nuevo rostro de su esposa. Uno domesticado y bello, con esa belleza de tele-film, que sólo busca amenizar nuestras tardes de domingo.

¿Qué habrá pensado él al verla? ¿Habrá echado de menos por un segundo esa nariz que nunca volverá? ¿Habrá sentido un ligerísimo escalofrío al ver que quien duerme a su lado es ya –irremediablemente- otra persona? Sigo observando las fotos y me acecha un halo de inquietud. Imagino, de pronto, un argumento de película de terror en el que el origen de nuestro pavor consiste en darnos cuenta de que todo el mundo ha cambiado un poco, algo apenas perceptible, lo justo para hacernos dudar de su identidad. ¿No sería verdaderamente terrorífico que todos nuestros conocidos, familiares, amantes, amanecieran un día levísimamente cambiados?

Letizia se ha convertido en una princesa europea. De un brochazo, su pasado plebeyo, taxista y divorciado, desaparece como barrido por un lengüetazo de corrección. Ahora sí es una consorte, ahora podrá guardar silencio y disimular una personalidad innecesaria para su cargo. Trato de imaginar el momento en que le empezaron a pesar demasiado esos gramos de nariz, de barbilla…

Probablemente ella ya nos daba señales y es que llamarse desde la cuna Letizia con Z te aboca a querer ser algo que no eres. Esos tacones, altísimos, de travesti –como leo divertida en el blog Rebuznos y Miserias– izándola hacia la Monarquía… Letizia se esfuerza, Letizia crece ante nuestros ojos desde el papel couché, luchando por llegar a ser una impecable y altísima princesa. Es lógico que en este camino de perfección, cada parte de su cuerpo y de su mente vaya sucumbiendo a una depuración ascética hasta la negación total de su identidad como mortal. De Valdebernardo al cielo.

Recuerdo una frase de Marlene Dietrich que dice algo así como que las mujeres se empeñan en cambiar a los hombres, pero una vez lo consiguen, el amor desaparece. Imagino a Felipe animando a su esposa a acometer el corte crucial, contagiándola de su mundo hasta la total invasión que ansía cualquier esposo. ¿Quizás algún día se encontrará, como preconizaba Dietrich, decepcionado al no reconocer a aquella de la que se enamoró?

Letizia ha emprendido el camino de la caricatura inversa, borrando sus rasgos hasta hacerlos apolíneos, no aptos para un caricaturista de boli fácil. A la neutralidad por el quirófano. Puede que ella misma, un día, se descubra sorprendida en las páginas del Hola, dándose cuenta de que esa altísima princesa centroeuropea es ella. Y entonces, asentirá, feliz, cruzando las manos sobre unos muslos firmemente apretados.

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