DE AQUÍ A LA ETERNIDAD

INCREÍBLE. Amy Winehouse ya tiene su réplica en el museo Madame Tussauds. Para nuestro asombro, la figura de cera es idéntica a su inspiradora. De hecho, si no fuera por el pie de foto, jamás habríamos distinguido que se trataba de la copia. Extraño museo este, destinado a consagrar la fama de un individuo a través de su clonación en muñeco. Como si encerrando su alma bajo cera, por fin lo hubiéramos cazado, convertido en pasto de la celebridad.

ICONO. Probablemente Amy es tan parecida a su doble de museo porque toda su iconografía es estereotípica, extrema, sin matices. Se ha transformado a sí misma en un personaje de cómic y del mismo modo en que Betty Page se inmortalizó a través de su flequillo y sus tetas, A.M. está grabando en el inconsciente colectivo un moño superlativo y unos brazos raquíticos como su trade-mark. Su look anticuado y su soul amable la hacen la perfecta presa de nuestro morbo de drogas y rock’and’roll.

INTERCAMBIO. ¿Por qué Amy triunfa entre las familias? Porque no nos pide nada. Sólo un poco de nostalgia y que nuestro lado salvaje salude desde la pantalla de la MTV. Malditismo apto para todos los públicos.

INGLÉS. Imagino a Amy Winehouse dentro de unos años. Se irá pareciendo cada vez más a esa cincuentona británica que veranea en Mallorca en busca de la juventud que un rebaño de hijos y un marido insensible le arrebataron. Como en Posh, hay algo extremadamente británico en ella, quizás esa fuerza de voluntad obrera y ese sentido del sacrificio -estético- que sólo una cultura protestante puede alumbrar. Para corroborar ese inglesismo que tanto nos gusta, su marido tiene un nombre larguísimo de poeta inglés del XVIII, Blake Fielder Civil, y seguro, algo de sangre azul.

IMPRESIONES. Amy no sólo tiene figura en el Madame Tussauds, si no miles de maniquíes en los escaparates de Mango, como descubro en un blog que me encanta, LA noCONVENCIONAL. Y es que el éxito debe de ser eso: que tu perfil se convierta en motivo de impresión en una camiseta.

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