UNA HISTORIA PECTORAL: AÑOS 60. JACKIE KENNEDY Y EL AURA

Si los 50 fueron los años del pecho, los 60 lo serán de las piernas. A lo largo de la década pop, veremos las tetas evaporarse, mientras las piernas conquistan el territorio del mito enfundadas en las nuevas minifaldas. Piernas para caminar versus tetas para nutrir.

Los 60 son una época híbrida. Pasamos del tetamen victorioso del neorrealismo italiano al cuerpo minimalista de Twiggy. Audrey Hepburn se erige definitivamente como reina del glamour y su Holly Golightly es el símbolo de una nueva época. La elegancia pasa por la delgadez extrema. La mujer se disuelve en un suspiro de charme. Tiene que ser sinuosa y bailar sin moverse del sitio en guateques de la alta sociedad. Es curioso cómo el casting de “Desayuno con Diamantes” refleja este cambio de tendencia. Aunque finalmente serían Hepburn y Peppard los protagonistas, sus papeles estaban destinados a la sensual y curvilínea Marylin Monroe y al indómito Steve Mcqueen. Casualidades de la vida, estos iconos de la carne cederían su sitio a otros más esbeltos, depurados.

Eran tiempos revolucionarios. Kennedy inauguraba la década alcanzando la Casa Blanca. Martin Luther King tenía un sueño. Warhol beatificaba el consumismo a través de una lata de sopa. Los ídolos que hoy paseamos en nuestras camisetas morían acribillados, narcotizados, ejecutados. Y mientras, cuenta la leyenda, se quemaba sujetadores como símbolo de rechazo al opresor masculino. Las tetas botarían libres. La liberación de la mujer nacía en medio del idealismo pop.

Pero volvamos a Twiggy. Ella encarnó como nadie el espíritu de la nueva época. De la mano de Vidal Sassoon –cuando este era persona y no una marca de champú-, cambió su larga melena rubia por un corte radical de raya al lado y gomina. Entre vestidos baby-doll y atuendos masculinos, disipaba de un brochazo la feminidad de la pin-up. La mujer más deseada parecía un muchacho británico. Despojada de sus pechos, se volvía infantil, chicazo. Era delicada y frágil, como decía su propio nombre. Era, en suma, bajo su aparente independencia, una mujer inofensiva.

Los iconos de la época –salvo alguna excepción destinada a velar por los sueños húmedos de algunos (véase Rachel Welch en “One million years B.C.”)- eran jóvenes andróginas de buena familia. Juventud y riqueza. Cuando todo el mundo cobra un sueldo, lo chic es no tener que trabajar. Lo chic es no tener responsabilidad y ser una adolescente alocada.

Y es que en el fondo, la reina detrás de todo esto no sería otra que Jackie. Sí, bajo sus sombreros en forma de pastillero, bajo su sonrisa blanquísima y su chanel perfecto, estaría el paradigma de los años 60. El GLAMOUR. El glamour es algo etéreo, intangible, que no puede convivir con una talla 100 de sujetador. Está más allá. Dota a quien lo posee de un aura mitológica. Abandonamos por fin la domesticidad de los 50, la carnalidad de nuestras sesiones de Tupper-ware, para aspirar a ser príncipes de Manhattan. Con Jackie desaparecen los pechos porque su reino no es de este mundo.

Los 60 nos subliman y emergemos en forma de idea. Saint Laurent, de la mano de Mondrian, nos dibuja en 2 dimensiones y dejamos atrás las tetas tridimensionales. Cabemos en un folio. Está bien: aspiremos a lo ideal, pero hagámoslo planas y geométricas, comprensibles como una ecuación de 1 incógnita. En definitiva: de la mujer-madre a la mujer-niña, con todo un mundo de posibilidades ante sí.

Para cerrar este capítulo, nos quedaremos con una imagen de Edie Sedgwick, la musa de la Factory en los 60, que dejó tras de sí un rastro de fotos fascinantes y una leyenda de decadencia y magnetismo. Miradla. Edie, deshaciéndose sobre el taburete, a punto de caer en el pozo de la posteridad…

Hasta el próximo capítulo de “UNA HISTORIA PECTORAL”.

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