SINÉAD O’CONNOR EN HAWAII

El jueves 12 de junio, Sinéad O’Connor canta en el Palau de la Música barcelonés. Un público de camisa bien planchada y joyerío de diseño, políticos poetas, señoras que hacen Acqua-gym y jóvenes profesionales, forma una cola estructurada que serpentea por el hall del teatro. Fluye con moderación hacia dos chicos aseados que cortan las entradas. El concierto empezará a las 21h30, puntualísimo, con un respeto inesperado hacia los asistentes, para acabar a la hora y media.

Sinéad O’Connor aparece descalza, con su calva mitológica y una camisa ancha, de camuflaje, que le da un aire de turista en Hawaii. El público aplaude enfebrecido su aparición, se oye incluso algún silbido. Comienza a cantar sin mediar palabra, rasgando una guitarra.

Dentro de Sinéad hay una mujer de mediana edad que por fin ha salido al exterior después de estar encerrada en el cuerpo de una belleza. Quién olvida esos ojos verdes escrutándonos desde hace casi 20 años en “Nothing compares to U”. Teníamos 15 y soñábamos con ser guapos y rebeldes como ella: cuando no te puedes borrar la cara, te rapas la cabeza; cuando no te puedes borrar el acné, te escondes bajo un halo de desprecio hacia la sociedad. Ella era nuestro ídolo porque lo tenía todo y rompía fotos de papas en programas nocturnos estadounidenses.

Esta noche, Sinéad parece una pantera encerrada detrás de 4 barrotes. Ruge con voz suave desde el escenario y los asistentes aplauden 15 segundos después de cada canción, tirándole rosas como quien lanza comida dentro de una jaula. Agradece la ovación con pudor y apenas entabla contacto. Canta sobre ángeles y seguro que confía en que vendrán a salvarla de las fauces de este público hambriento de emoción.

Ella se aparece como una virgen milagrosa ante nuestros ojos y se manifiesta para recordarnos que nosotros también hemos engordado y que ella cobra por hora como tú y como yo. Dios, apiádate de nosotros ahora que nuestras carnes ya no son firmes y que dormimos en hoteles con estrellas como galones en honor a nuestra burguesía.

Llega el momento culminante de la noche, el que pensamos que nunca llegaría y que nos dejará un regusto entre el alivio y la decepción: va a cantar el himno generacional. El público aúlla al oír los primeros acordes, el teatro se viene abajo. Durante la canción, se le escaparán risotadas con las que se defenderá de nuestros rostros extasiados, agradecidos. Pide disculpas por haberse reído rompiendo la solemnidad de nuestro recuerdo. Es su última rebeldía antes de morir de éxito en el circo romano.

En una canción épica, Sinéad O’Connor profetizó: “She likes to listen to rock and roll / She moves with the music / `Cause it never gets old / It’s the only thing / That never gets old”. Y sorbemos este cóctel agridulce que sabe a una vida anterior, mientras vemos como la brisa de Hawaii mece palmeras invisibles alrededor de la cantante.

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