GLORIA A LA REINA

Madonna me recuerda cada día más a la reina Isabel I de Inglaterra. Es asombroso cómo sus facciones se van afilando y palideciendo, pareciéndose cada vez más a esa máscara blanca que la reina virgen adoptó por rostro. Asesora de imagen pionera, ella decidió teñir su cara, ampliar su frente, anular cualquier concesión. Llegar a lo sagrado a través del vacío. La autoridad nace de la distancia, no sienten como nosotros, no son como nosotros.

Madonna, en su iconografía de dominatrix, está borrando los rastros de carnalidad que destilaba en su juventud. Ha aniquilado los pelos desairados de las cejas, los gramos de mejillas que un ciudadano yanki bien alimentado tiene en promedio, el vello corporal. En un milagro de la evolución –Darwin estaría orgulloso- sus fosas nasales se han vuelto aerodinámicas. Para respirarte mejor. Convergen paralelas a los pómulos y a la mandíbula, que enmarca el rostro en un ángulo perpendicular perfecto. En este trazado preciso es donde su rostro se calca con el de Isabel Tudor.

En el cuadro atribuido a Cornelius Ketel en 1580, conocido como “Sieve portrait”, la reina sostiene un tamiz, símbolo de la pureza y la castidad. Ella, que derrotó a la Armada Invencible, blande un tamiz como el que las vestales romanas sostenían sin que se filtrara ni una gota, signo de su virtud inmaculada. Detrás de la reina, unas decoraciones reproducen la historia de Eneas y Dido, asimilándola al héroe que rechaza la tentación para abandonar a su amada y fundar Roma. Ella está más allá del amor, más allá del sexo, sólo el globo terráqueo es objeto de su deseo.

Madonna, en su blancura de kabuki, también está más allá del sexo porque todo su código gira en torno a él, lo materializa hasta el punto de hacerlo abstracto, intangible, no sensual. Nada hay más lejano al sudor, el espasmo, los jadeos, que un foto de Madonna empuñando una fusta envuelta en seda. Ella es biónica. Su sexualidad de laboratorio la convierte en una divinidad para las masas hambrientas de espectáculo. Queremos soñar, gritan llenando estadios, queremos ser fibrosos y no envejecer jamás. Ella es la reina del marketing porque se ha convertido en producto a sí misma. Como Isabel Tudor, ambas niegan la muerte y en un acto de posesión mediática, se perpetúan a sí mismas, construyen la inmortalidad a golpe de imagen.

Con más de 60 años, Isabel I de Inglaterra mandaba pintar retratos donde pareciera tener 20, prometiendo a su pueblo que no moriría nunca. La reina del pop nos promete lo mismo en cada nuevo video-clip. Alabadas sean.

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