LA NOCHE DEL CAZADOR

Cada martes, Risto Mejide congrega audiencias frente al televisor. Una nueva religión, de credo noctámbulo, está despertando las conciencias aletargadas de los espectadores y al amparo de unas gafas ahumadas de poli de los 80, su líder nos embriaga de poesía y mercadotecnia. Todos, niños y mayores, despegan con esfuerzo sus párpados cuando llega la hora de las nominaciones. Es un momento ansiado, breve, que se evapora con la inmediatez de un anuncio o la carrera musical de un exfontanero. Risto es puro pop: en el fraseo rítmico de sus declaraciones; en su look trabajado, siempre consistente como el cardado de Mayra Gómez Kemp; en su actitud de hastío existencial.

El público aguarda su aparición. Redoble de tambores. Él dirá lo que nosotros no osamos decir. Él se ha desprendido de nuestra sonrisa de ascensor y es capaz de mortificar a un veinteañero inocente con la saña exquisita de quien guardó rencor durante años. Hay una pesadumbre de Mad Max en su actitud. Es un hombre perdido en una tierra árida, de rubias oxigenadas y golpes de cadera, de gorgoritos, de fin del mundo. Su chaqueta de motorista, con hombreras reforzadas para hacer frente a cualquier embate, atestigua su condición de forajido.

Risto Mejide es el reverso tenebroso de Jesús Vázquez y cuando ambos entran en sus dialécticas de ángel y diablo, el share sube como la espuma del champán. Son bellos, esbeltos, catódicos, que más se puede pedir. Risto y Jesús. Jesús y Risto. El eterno dualismo del ser humano proyectado en nuestras pantallas en forma de carne consumible y deseable. Hay algo de romance mitológico en esos planos-contraplanos que tanto nos cautivan, como dos amantes condenados a no encontrarse jamás en un mismo trozo de celuloide.

Y en el medio, tembloroso, el rebaño de jóvenes promesas. Sus rostros son máscaras de comedia del arte. Nos ofrecen, mudos desde sus banquillos, ojos muy abiertos, labios trémulos, párpados afilados, barbillas desencajadas. El sacrificio de las víctimas en vivo y en directo. Sin derecho a réplica. Ellos escuchan la sentencia para cruzar la pasarela entre manos carnívoras o hundirse en el recuerdo de su vida pasada que pronto será de nuevo su vida futura. Esa vulnerabilidad extrema, que Risto doma a su antojo, nos fascina. Alimenta nuestra vocación de jueces. Nos transporta a un tiempo bíblico donde las decisiones eran profecías.

Ese rebaño de jóvenes promesas envueltos en lamé, con sus pectorales depilados y sus sueños de barriada. Nos gusta clasificarlos, numerarlos, despellejarlos, nos gusta que los vistan vulgares y estrafalarios, como cuando poníamos modelitos de papel a los recortables de nuestra infancia. Qué dulces, bondadosas, torturas. Bromitas de hermano mayor.

Risto nos hace gozar porque estimula nuestros instintos profundos, los que surgen en épocas de catástrofe o en colas de recogida de equipaje. Ha sublimado la esencia del reality hasta hacerla persona. Pronto habrá merchandising de Risto y compraremos su barba de 3 días por Internet. Porque todos queremos salvar o matar. Pero siempre con clase, desde luego. Y con permiso de Robert Mitchum, tatuamos Love & Hate en nuestros nudillos mientras nos relamemos.

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