NEVER FULL

En un anuncio de Loewe, una mujer desnuda se oculta detrás de un bolso enorme. El gancho de la imagen se reduce a mostrar de manera contundente que el bolso es grande, tanto como para cubrir la superficie que une las zonas íntimas -pechos, pubis-. La foto tiene por objetivo despertar nuestro deseo. En ese bolso podríamos meter cosas, muchas, todas las necesarias para afrontar el día o la vida: pintalabios, kleenex, llaves, móviles, agendas, tarjetas de gente, medias de recambio, tampones por si acaso, pulseras que no te pusiste, billetes que ya caducaron.

La acumulación de objetos posibles cargando el bolso nos da una sensación de plenitud, nos promete una vida intensa llena de aventuras. Cómo podríamos, si no, hacer frente a lo imprevisto. Estos enseres, atesorados en el bolso como latas de conservas en tiempos de escasez, arrojarán luz en momentos de duda y sabrán marcarnos el camino. Qué gran alivio llevar todo lo que uno puede necesitar, sobre todo cuando uno puede llegar a necesitar tanto.

Más allá del cuero que delimita el espacio de nuestra salvación, hay una mujer. Una hembra joven, que, curiosamente, recuerda de forma asombrosa a una célebre modelo, icono de nuestra belleza hoy. Si no fuera por un ángulo más cerrado de las fosas nasales o un arco distinto de cejas, podría ser ella. Qué efectivo y qué rentable. Ella nos gusta, nos gusta incluso más porque no es la auténtica, porque se parece a y eso ya es una garantía de buen gusto. La chica se arquea detrás del bolso amoldando su cuerpo para que sus puntos cardinales quepan detrás del cuero. Es el nuevo taparrabos. El artefacto que un día nos hizo vulnerables porque nos hizo avergonzarnos de nuestros cuerpos y ahí empezó todo: pudor, deseo, culpa.

Esa chica camuflada finge ser otra y nos alerta sobre una vida peligrosa en la que nos harán falta muchos bienes de consumo. Ella está a salvo detrás de una bandera que cuesta más de 1000 euros y busca desesperadamente encajar en el perímetro. El fotógrafo, su agente, una amiga más alta y más delgada, una mujer despreocupada a la espera de que le pongan mechas, un niño que recorta papeles de periódicos, todos la miramos y escudriñamos en busca de un pezón o vello púbico. Pero no, ella sigue protegida y no conseguiremos demostrar que es humana. Porque ella tiene el bolso redentor y es tan grande que podría llegar a entrar en él, a guardarse a sí misma, desaparecer bajo un logotipo y viajar en el metro colgada del brazo de otra mujer de éxito.

Quizás lo que nos están vendiendo es la posibilidad no de ser otra –quién no lo es ya- si no de no ser. Y eso lógicamente, tiene que costar mucho dinero.

Anuncios