MIS DIENTES SON MÁS BLANCOS QUE LOS TUYOS

Salta a los medios una noticia escalofriante: Belén Esteban se casa y nadie quiere diseñar su traje de novia. El rechazo cobra un eco inusitado y se encarama a todos los televisores y revistas del corazón. Leemos con avidez el anuncio, rozamos el regodeo y el morbo.

Varios diseñadores de supuesto caché aducen motivos de diversa índole para impedir que su nombre inmaculado se asocie al de la madre de Andreíta. No podemos arruinar el momento mágico de miles de españolas que vienen a recuperar su virginidad cuando visitan nuestras tiendas. No debemos. En la página web de Pronovias, una joven que no llegará a los 18 nos recibe con una sonrisa sembrada de dientes, pletórica. Es una sonrisa de animadora norteamericana, de pompón y fiesta de instituto en la que ella volverá a decirle a él: “no, ten paciencia, no estamos preparados”.

Cuando pagamos 6000 € por un traje de tul, seda, pluma, encaje, queremos ser Cindy otra vez y pensar que siempre fuimos puras y que todo lo anterior –esos polvos etílicos de madrugada – no fueron más que un accidente en el camino. Regresamos a Ítaca como Ulises y después de haber corrido inefables, peligrosas, aventuras, tomamos tierra firme para volver a ser la que nunca fuimos. La adolescente de Pronovias grita “Marry me!” desde la portada de su boletín. Con un punto de exclamación urgente, ansioso. Ahora sí. Ahora estoy preparada y apretaré mi vagina hasta hacerte gritar.

Belén Esteban es una musa del under-ground. En los surcos que marcan su piel como tatuajes de guerra, hay nocturnidad, veteranía, pregón de pueblo y quejío de plató. Belén se canta a Madonna por bulerías y a Kylie en unos tarantos. Se desliza sobre un lecho de manos musculosas en el carnaval de Tenerife, flotando en el aire como una Esther Williams de lamé. Ella es la réplica verdaderamente rock-and-roll de nuestros sueños. En un alarde de sincretismo, ha fusionado la tradición española del (ex)marido torero con la idolatría moderna y pagana del que vive sin oficio conocido. Recorre televisiones exigiendo justicia y lucha contra su enfermedad bajo un foco cenital. Como diría Willy de Vile, demasiado corazón. Quién sabe, en otros tiempos, en otra ciudad, hubiera podido ser nuestra Nico arrabalera y cañí. Nos faltó sentido del humor, nos sobraron 6000 €.

En un reportaje publicado en Hola en 2001, Belén aparece radiante con su nueva colección de bikinis, como la chica no estrenada que nos daba la bienvenida al mundo del matrimonio. Podrían ser hermanas o amigas. Luce orgullosa su nueva talla 95 y habla de un amor idílico apoyada en una palmera. Ya hay algo desafiante en esa mirada, intuimos el rugido que está por venir. Nos mira con la seguridad de haberse convertido en la mujer que siempre quiso ser. Hoy, la mujer que siempre quiso ser ha devorado a Belén y rezuma carnalidad, chándal de domingo e hiper-realismo.

Hace unas semanas, la diva subterránea declaró con una lucidez extrema: “Va a ser una pena que no me quieran vestir porque va a ser una boda de amor irreal”. Ella lo sabe. Por mucho que arrecie la vida, la irrealidad está al alcance de nuestra mano, es nuestro primer derecho inalienable. Que ahora venga alguien y me lo quite. Aunque tenga 32 dientes más que blancos. Venga. Vamos. Dímelo en la calle.
Uno de estos días, mientras alguna muchacha esté metiendo tripa frente al espejo trucado de una boutique, Belén Esteban se enfundará en su traje anónimo para deslizarse sobre una alfombra roja hacia la posteridad. Como diría la Carrá, explota-explótame-explo-explota-explota-mi-corazón.

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