PUTAS O PRINCESAS

PRINCESA. El príncipe Carlos Felipe de Suecia está enamorado. El soltero de oro, el muchacho sonriente y condecorado, ha caído en los brazos sinuosos de una stripper, antaño rodeados por una serpiente. No contenta con hacer un desplante de resonancias bíblicas al orden establecido, Sofia Hellqvist es conocida además por haber participado en el reality Paradise Hotel, donde elevó el edredoning a la categoría de arte. A pesar de su oscuro pasado, el príncipe se abandona a Sofía en la noche de Estocolmo. El amor, esa fuerza democratizadora, nos iguala a todos en el lecho, donde no hay más abrigo que la piel de cada uno. (That’s the beauty of it, como dicen los ingleses.)

VIKINGA. ¿Por qué no habría de desear Carlos Felipe lo mismo que cualquier varón criado a los pechos televisivos de las Mamachicho? Desconozco si la corte de amazonas berlusconianas llegó hasta tierras vikingas, pero confío en que la MTV y demás evangelios pop habrán educado a hordas de suecos en la importancia de tocar unos pechos prominentes y en la aspiración de echar un polvo pornográfico y definitivo. Si su hermana Victoria se enamoró de otro cuerpo, también bello según los estándares del fitness más profundo, ¿por qué habría nuestro protagonista de rechazar lo que ambiciona cualquier hijo de vecino? El Ello ganó al Superyó, para felicidad de los tabloides.

ALCALDESA. Mientras Carlos Felipe pasea del brazo de su valkiria, en la república independiente de Youtube, observamos cómo la alcaldesa belga Ilse Uyttersprot practica sexo en lo alto del castillo de Olite. Abrumados por la épica navarra, su marido y ella follan como El Cid y Jimena, como cumpliendo un deber superior, obligados por la Historia, medievales. El escándalo enciende la red como la pólvora y la alcaldesa declara en Twitter que es “una escena privada con mi pareja” y un asunto “políticamente irrelevante”. Olé con olé, Ilse, así se habla. (Que su partido sea el popular, ya lo comentaremos otro día, pero no me puedo callar la teoría de que la inhibición conservadora siempre ha sido origen de las más intensas fantasías. Que se lo digan a Margaret Thatcher, si no, con su halo de mujer más deseada del Reino Unido.)

PUTA. En Olite o Estocolmo, parece que hay cierto temor a que las mujeres follen y sobre todo a que se sepa. Que históricamente se ha aplaudido al macho follador y se ha vituperado a la fémina idem es una realidad conocida. Quizás por eso, echa a andar la marcha Slut, algo así como el Orgullo de las Putas, en varias ciudades del mundo. Aunque entiendo que serán bienvenidas, no protagonizan esta marcha las profesionales del sexo, si no todas aquellas personas –mujeres, hombres o trans- que defienden que llevar una minifalda no es una invitación a que cualquiera se propase. El derecho a lucir rejilla y tacón sale a las calles de Berlín o Los Ángeles con claims como “Ni santas ni putas, somos mujeres” o “Putita, pero no de tu templo”.

REINA. Este movimiento, con defensoras patrias como Itziar Ziga o María Llopis, de las que ya hablamos aquí, convierte feminidad en feminismo, absorbiendo los símbolos clásicos que encorsetaban la figura de la mujer, para regurgitarlos en forma de armas arrojadizas. Su primer efecto es sembrar el desconcierto en el pensamiento convencional, que asimila con dificultad sus intenciones prostibularias. ¿Será porque las tragaderas bien pensantes digieren mal el hedonismo slut? El arquetipo, de repente, no simplifica si no que añade una deliciosa complejidad. Si hay que elegir entre putas o princesas, me declaro Reina de Corazones, a golpe de boa de plumas. Y al que no le guste, que le corten la cabeza.