LA COLETA DE KARL

•enero 20, 2012 • Dejar un comentario

Karl Lagerfeld se corta el apellido para entrar en el mundo del masstige, lanzando la marca Karl. El “masstige” no es un tipo de masaje con final feliz -o quizás sí, de alguna forma-, si no una palabra híbrida, que mezcla “masa” y “prestigio”, para hablarnos del lujo que podemos permitirnos tú y yo. Ese lujo mestizo, a caballo entre la alta costura y el bajo centro comercial, nos hará sentirnos glamourosos, especiales y muy inteligentes, al pagar 200 € por una camisa blanca.

Los primeros modelos de la colección de Karl me resultan muy Zara vintage. Cubriendo los cánones de la petite robe noire y el smoking (pulcro legado de Santa Coco y San Yves), los conjuntos encajan en cualquier fondo de armario. Con exquisita coherencia, la modelo Saskia de Brauw luce inerte, al más puro estilo de esos maniquíes que tanto me gustan, como ahorrando en poses para abaratar el precio del producto.

En un ejercicio que suelo hacer para contener mi derroche, y que augura, trágicamente, mi transformación en señora-que, suelo preguntarme si estaría dispuesta a pagar 200 € por ciertos objetos, si no vinieran sellados por ciertos logos. Sobra decir que me cuesta darle el aprobado a la colección de Karl. Si bien es cierto que la magia de esa petite robe noire no está en su corte o su tejido, si no en la etiqueta que le cuelga del cuello, no lo es menos que el lujo, por muy cercano que sea, necesita de señales externas que lo identifiquen como tal. Sin exceso, no hay paraíso y si no que se lo pregunten a Paris Hilton, que este mismo mes, declara en Vanity Fair, que lo contrario del lujo no es la pobreza, si no la vulgaridad, es decir la repetición, la eliminación de la diferencia.

Si Karl se corta la coleta, sumergiéndonos en un elitismo masivo que le sanee las cuentas, ¿cómo sabremos a qué debemos aspirar? Acabaremos confundiendo Zaras con Lagerfelds y se nos romperá el sistema de valores.

LO MEJOR DE 2012

•enero 9, 2012 • 2 comentarios

FLOR. Comienzo el primer post de 2012 por el título, sin saber dónde me llevará, arrastrada todavía por el oropel de las fiestas, categórica como sólo una buena borrachera te permite serlo. Lo mejor del 2012 está por llegar, como diría Frank Sinatra, y de hecho, empezamos el año con un campo minado de ausencias. Mientras De Guindos, con su perfil escarpado a lo Curro Jiménez, abrupto, riscoso, declara que volveremos a caer en recesión –la ausencia (de crecimiento) por antonomasia-, y Soraya Saéz de Santamaría sube impuestos, asume carteras y se instaura como MILF oficial del PP, Mariano Rajoy convierte la fuga en una de las bellas artes, evitando toda comparecencia oficial hasta febrero. ¿Se está reservando, quizás, para entregarnos su flor, como diría Señorita Puri, el día de los enamorados?

SUEÑO. Más allá de la desaparición de nuestro hombre en La Moncloa, detecto otras ausencias, en este arranque incierto de 2012. De una de ellas me informa, como cada año, el padre de la criatura, al decirme cuál es la mejor canción del año que cerramos, según Pitchfork y Rock de Lux. Como ya pasó con 2010, ambos popes del sentir Indie coinciden: “Midnight city” de M83 se lleva la palma en esta ocasión. El tema, eminentemente ochentero, es toda una oda a la espera, un monumento de arqueología emocional. Su ritmo pegadizo nos retrotrae al “Club de los 5”, a “Malas Influencias”, a “Golpe al sueño americano”, a todo aquello que un día quisimos ser y no fuimos y que imitaríamos torpemente en algún bar de Malasaña. Una capsulita de nostalgia a golpe de sintetizador, coronada con un crescendo de saxo que haría bailar a cualquier treintañero aburrido.

MANTA. Hablando del rey de Roma, leo hoy en El País que el aburrimiento, de hecho, es tendencia. El tedio como opción cultural, lo llama mi admirado Xavi Sancho, y alude a los gruesos jerseys de  “The killing” o las sempiternas crisis existenciales de los protagonistas de “Mad Men”, como síntoma de esta nueva moda. El término original, “new boring”, lo inventó Peter Robinson en un artículo de The Guardian, y como todo en esta vida, hasta que el concepto no esté licenciado y estampado en una camiseta de H&M, no lo entenderemos del todo. Hasta entonces, me quedo con la idea de que se refiere a ese hastío cultural que encumbra a artistas monocordes, clónicos, beis, como una tal Adele, o que impulsa la venta de batas y pijamas, en los que enfrascarnos para leer el último y aburridísimo best seller nórdico. (¿Fuimos pioneros en España al acuñar la renombrada “batamanta”, con ese fatalismo nuestro tan patrio? Who knows.)

MASCOTA. Aunque si hablamos de ausencias, este fresco no estaría completo sin el atlético hueco de Urdangarín en la sala regia del Museo de Cera, después de dejar, presuntamente, un no menos atlético hueco en las arcas públicas baleares, por cortesía del instituto Noos. Y es que llega un momento en que las sumas de dinero se vuelven tan abisales, tan abstractas, que hay que darles de comer como a una mascota insaciable. Como decía Silvio Dante: “Just when I thought I was out, they pulled me back in”.

VAROOM. En fin, lo que iba a ser un post panorámico de arranque de año, se me ha puesto denso. Es lo que tiene el horror vacui y más en un domingo víspera de la vuelta al trabajo. No en vano, creo que la hoja de Enero de mi calendario de 2012 va a ser providencial: el “Varoom” de Lichtenstein, que es ausencia en  movimiento, crisis estrepitosa, el caos que sólo puede dar paso a algo nuevo y mejor. Por cierto, en alemán “varum” significa “¿por qué?”, una buena pregunta para empezar el año y hacer borrón y cuenta nueva de todas aquellas ausencias que nos pesan demasiado a las espaldas. Que usted lo explote bien.

LA PIRÁMIDE DE PREYSLER

•diciembre 23, 2011 • Dejar un comentario

DORIAN. Cada Navidad, los anuncios de Ferrero Rocher nos transportan a un universo paralelo, que ocurre en un espacio adyacente a la realidad, como el negativo fotográfico de tu vida y la mía. En él, el buen gusto se traduce en purpurina de oro, melenas al viento y uñas con manicura francesa cogiendo bombones. Desde que en los años 80, la pirámide dorada emergiera de las entrañas de una limusina, para colmar los deseos de una señora con pamela, la empresa Ferrero nos ameniza cada navidad con una ejecución nueva y siempre idéntica en su esencia, como un Dorian Grey de la publicidad que permanece incorrupto, mientras nosotros envejecemos.

DIOS. Esa pirámide me recuerda al símbolo que hay en los dólares norteamericanos y que, bajo el lema “Annuit coeptis” y el ojo de la divina providencia, sella la moneda del imperio. Con una (escasa) modestia, típicamente yanki, la traducción literal significa “justificó las cosas que inició”, lo cual se suele interpretar como “Él (Dios) ha favorecido nuestras acciones”.  Creo que puedo ver el ojo achinado de Isabel Preysler, coronando la punta de la pirámide Ferrero.

SUPER. Y es que la señora de Boyer elevó a su máxima expresión el espíritu del buen gusto, grabando sus clavículas en nuestra retina, allá por los albores del siglo. Siempre acompañada por la sombra de su mayordomo, me recuerda a una dark mistress enfundada en la piel de una supersocialite, que sería algo así como una superheroína del papel couché. Sin más bagaje que unos matrimonios ostentosos y una leyenda urbana que mezclaba helicópteros y cópulas, Isabel se erigía en la reina del glamour, enseñándonos las reglas de la hospitalidad.

CELEBRITY. El que otras aspirantes a este trono hayan seguido su estela publicitaria no deja de demostrar el atractivo de la Celebrity, como ente categórico. Paloma Cuevas y Judit Mascó siguieron así la senda preyslerina, respetando su espíritu pero permitiéndose alguna licencia: el pareo andaluz y lerele de la primera, o el pantalón masculino aunque elegantísimo de la segunda. Tanto Cuevas como Mascó son modelos, emprendedoras y madres; es decir, mujeres estupendas que merecen que se les grabe la T de Telva en el lomo. Aunque están bien encaminadas, sólo alcanzarán a la Preysler el día en que cobren por no hacer nada, el súmmum del éxito moderno.

PREYSLER. A veces pienso que tanto leer el Vanity Fair me está nublando el entendimiento. Los supersocialites invaden mi cerebro y como si ellos fueran la norma, su dolce-far-niente sigue latente mientras tecleo durante más de 8 horas diarias al ordenador (y no precisamente para escribir la novela de siglo –o quizás sí, de alguna forma-). Cuando llego a la sección que lo cierra, esa galería de fiestas y parties y frivolidades, que hacen del mundo un sitio un poco más brillante y un poco más vacío, me pregunto: ¿qué he hecho mal? Cuando Ferrero Rocher inaugura la navidad, con sus geishas llenas de clavículas y sus bombones afilados, como darditos publicitarios, Isabel nos guiña su ojo achinado desde lo alto de la pirámide. ¡Bravo, Ambrosio!

“MADONNA NO EXISTE” O LA INVASIÓN POP

•diciembre 13, 2011 • 3 comentarios

En el tebeo “Madonna no existe”, Julián Almazán, AKA Misternny, mezcla el pop con la sci-fi, para exponer una teoría de la conspiración sobre quién está detrás de la eclosión de las divas gays. La obra es efímera, en palabras del autor, y efervescente como una Fanta de naranja adolescente, en las mías. Con un humor arrebatado, nos adentra en las tripas de la M Corporation, para desvelar el gran misterio oculto tras las ambiciones rubias que pueblan nuestro imaginario colectivo. No haré aquí un spoiler, aunque me siento tentada, pero sí quiero destacar su idea clave: por qué el pop se ha vuelto gay, o dicho a la inversa, por qué los gays se han adueñado del pop (por lo menos el más comercial).

Madonna, protagonista apócrifa del cómic, declaró hace años que se sentía como un homosexual encerrado en un cuerpo de mujer, conectando con ese zeitgeist que desde hace tiempo, nos dice que debemos transgredir para ser. Dirigiéndose de forma abierta al público homosexual, atraía al resto, mostrándose bigger than life, incontenible e inconcebible: un hombre al que le gustan los hombres, dentro del cuerpo de mujer. Algo distinto, dual y completo.

Años después, Lady Gaga -esa máquina regurgitadora de contenido en tiempos hambrientos de idem- se ha nombrado heredera de este travestismo emocional. Al tomar por bandera el eslogan de que lo raro es cool, nos ha arrebatado uno de nuestros derechos inalienables: la marginalidad. Cuando esta se vuelve masiva, ¿qué nos queda?

La invasión pop actúa así como herramienta de normalización, imponiendo como patrón lo que se sale de la norma. Todos convertidos en un gran rebaño de ovejas negras, contándonos los unos a los otros cada noche, hasta caer en el sueño letárgico, discotequero y consumista. “Madonna no existe” va de esto y mucho más, además de ser muy divertido. Os animo a que descubráis toda la verdad entre sus páginas, ahora que aún estáis a tiempo de salvaros.

Por cierto, atención a los bonus tracks, sobre todo a los de mis amados Alfonso Casas (que explicándose a sí mismo, nos explica a los demás de maravilla) y Charuca (una auténtica diva del pop encerrada en el cuerpo de una ilustradora).

PERLAS DE RÍO: JUAN EDUARDO CIRLOT

•diciembre 8, 2011 • Dejar un comentario

Hace un par de semanas, y guiada por un artículo de Babelia, fui al Centro de Arte de Santa Mónica a visitar la exposición de Chema Alvargonzález. Titulada con la mítica frase de GoetheMehr Licht” (auténtico fondo de armario poético para espíritus sensibles), prometía y me gustó. Sin embargo, la perla de río que descubrí fue otra: “La habitación imaginaria” de Juan Eduardo Cirlot.


Desconocido para mí hasta ese momento, me costó entender si se trataba de un poeta, un artista o un músico y supongo que ello forma parte de su encanto. Adscrito al surrealismo y al dadaísmo, trabajó en la editorial Gili hasta su muerte, mientras componía música para Dau al Set, coleccionaba espadas o escribía un diccionario de símbolos, además de varios poemarios.

Cuando tiene 50 años, se produce un punto de inflexión en su vida, como explica, con hermético lirismo, la Wikipedia: “En 1966 vio la película El señor de la guerra de Franklin J. Schaffner.” Punto y aparte.

Este acontecimiento, aparentemente mundano, desencadena una de sus obras cumbre, alrededor del personaje encarnado por Rosemary Forsyth: Bronwyn, epítome de la dama medieval, espiritual y pura, “en un espacio que no puedes abrir con los espinos de tus manos“. En esta habitación que el Centro de Arte Santa Mónica le ha acondicionado a Cirlot, hay una proyección que muestra primeros planos de la actriz que, desmarcados del que sería su probable contexto hoy en día (el telefilm de sobremesa), adquieren dimensiones de videoarte inusitadas. Otra de las proyecciones -absoluto must, en mi humilde opinión- recoge escenas de películas seleccionadas por Cirlot, no por su argumento, si no por su carácter estético, como piezas de un puzzle metafísico, destinado a que nadie lo entienda, o si acaso las resonancias magnéticas del universo. Esto, junto con su declaración de amor a las espadas nada más entrar, son para mí los puntos álgidos de la exposición.

En fin, una auténtica y recoleta gozada, que os recomiendo fervorosamente si estáis hasta el 9 de Enero por Barcelona. Queda dicho.

MANZANA EN SÁNSCRITO

•noviembre 27, 2011 • 2 comentarios

AUSENCIA. Que lleguen a mis ojos y oídos noticias relacionadas con la marca más importante del planeta no tiene mucho mérito: si no, no lo sería. Me llama la atención el capricho del destino que hace que todas las que pone en mi camino últimamente sean rebeldes, traviesas y juguetonas, y atenten contra la sombra alargada de Steve Jobs. La primera de ellas viene de la mano de -mi siempre referente- Muack: el lanzamiento de la Intangible Edition del iphone 5. Eslabón en la ya clásica tradición del fake, el vídeo nos muestra un dispositivo que de tan ligero, no existe. Como el cuadro blanco de Yasmina Reza, que sembraba la discordia en “Arte”, este iphone sublima todo lo que siempre le pedimos a Steve: que nos hiciera soñar. Y qué mejor para soñar, que la absoluta ausencia de objeto.

OBJETO. Rezumando la misma ironía, la última campaña de Samsung parodia a los fanboys de Apple, haciendo cola como peregrinos a las puertas del Apple Store, mientras descubren lo inaudito: un teléfono móvil todavía más sexy que su iphone. The “next big thing”, el Galaxy S-II, “ya está aquí”, afirma. Del noli me tangere a la disponibilidad más prosaica. Los auténticos smart phones son aquellos que no te hacen perder el tiempo como gregarios de lo cool, si no que te ofrecen aquí y ahora una pantalla más grande o una batería más potente. Un objeto, al fin y al cabo.

CIELO. Más allá del marketing y más acá del mercado, un señor llamado Suneet Singh Tuli lanza en India una réplica del ipad al irreverente precio de 35 dólares. Subvencionado por el gobierno, que busca así acercar la tecnología a sus estudiantes universitarios, la tableta Akash (“cielo” en sánscrito) permitirá en el futuro que incluso el rickshawala, que pedalea por las calles de Mumbay para subsistir, lejos, muy lejos de Palo Alto, pueda conectarse a Internet.

SANTO. Mientras descubro cómo el último santo del marketing tiene que hacer frente a estas amenazas rebeldes, leo, también, cómo los gobiernos del mundo se quitan la piel política para enfundarse el mono tecnócrata. La crisis nos hizo perder la fe en el sistema y quién mejor para reactivarla, que los operarios del mismo. Definitivamente ya no buscamos creer en la ideología, si no que preferimos hacerlo en la idea creativa y perdonadme la rima, que no deja de ser un desliz marketiniano. No es casualidad que el vellocino de oro de los anunciantes sea hoy en día el “engagement”, lo cual, traducido al cristiano, no es más que “compromiso” o “noviazgo”, es decir, lo que un día, no tan lejano, existió con la política.

RITUAL. ¿Debemos atribularnos por ello? ¿Debemos creer en el genio de la manzana o rebelarnos contra sus designios? ¿Cómo se dirá “manzana” en sánscrito, la lengua ceremonial hindú? Que necesitamos creer es algo innegable. Que la fe se sustente en algo que cabe en un bolsillo parecía una buena idea, por aquello de ir ligeros de equipaje; lo malo es que al final pesaba medio sueldo de mileurista al mes. En fin, a ver si ahora que nos gobiernan los tecnócratas, que hablan el sánscrito de las finanzas, empezamos a echar de menos a la política y nos volvemos a enamorar de ella.

CAMINO DE PERFECCIÓN

•noviembre 21, 2011 • 2 comentarios

Hoy, en esta velada electoral y después de varios posts indignados, desvío la atención de los recuentos de votos para evadirme, contemplando a unos vivants muy particulares. El maniquí maniquizado: una pequeña perversión que, por lo que veo, es tendencia.


Aunque tanto Naomi Campbell, como Megan Fox, cumplen los estándares de la belleza tal y como nos los dicta Marie-Claire, en estas imágenes, el photoshop se hace hipérbole, perfeccionando lo perfecto. Nadie, ni siquiera ellas, está libre de pecado. Tu piel puede ser más brillante, o tu cintura más fina. Esta democratización de la convención estética resulta reconfortante y terrorífica a la vez. El cuerpo se vuelve entelequia, mientras algún diseñador misógino y androide se relame soñando con modelos eléctricas.

Por cierto, el de Megan Fox es un camino de perfección ejemplar, en el que ella misma se ha maniquizado para convertirse en una musa de Hollywood, y no una cualquiera, sino esta concretamente. Estas fotografías de parque temático lésbico evocan la duplicidad del que se ha creado una imagen (ajena) de sí mismo, de forma metódica y despiadada. Probablemente, la única forma de hacerlo.

El doble de Naomi Campbell lo encontré chez El Hombre Confuso. El de Megan Fox en algún lugar de cuyo nombre no puedo acordarme y pido perdón por ello. Las fotos las saqué de aquí.

UN GUIÑO CÓMPLICE

•noviembre 13, 2011 • Dejar un comentario

CHASCARRILLO. Volvemos al marketing y a los indignados y es que quizás, no hay nada más en este mundo. Ventas e indignación, o lo que es lo mismo, vender y que no te compren, ergo la energía sísmica que nos mueve a avanzar. Telefónica es en este caso responsable de mi recaída, más concretamente su spot para promocionar que, a partir de ahora, todos sus sms serán gratis. En él, recrea una asamblea de barrio que aplaude los chascarrillos de portavoces espontáneos, para llegar al consenso buena onda de que nada mejor puede pedirse a la vida que enviar sms gratis. Movistar se viste así de whatsapp para mantener el imperio telefónico sobre el que nunca se pone el sol.

IRONÍA. ¿Es un “guiño cómplice” a las asambleas de indignados? ¿Una señal de que están al día de las tendencias y quieren, con espíritu berlanguiano, evocar el presente patrio a través de la ironía? Llevada por la imaginación, no puedo evitar visualizar a un oligarca tradicional, de los que fuman puros en las bodas, urdiendo esta campaña junto a algún cínico publicitario a lo Frédéric Beigbeder.

ENTELEQUIA. Su jocosa falta de respeto resulta cuando menos tenebrosa, si nos fijamos en los gobiernos europeos que caen como moscas a nuestro alrededor. Il Cavaliere se fue ayer con el lifting a otra parte y las altas esferas colocan en su lugar a Mario Monti, comisario europeo, prestigioso economista y presidente de algo que se llama Comisión Trilateral, que a mí me suena a organización muy secreta con fines muy dudosos. A pocos kilómetros, Lucas Papademus, el exvicepresidente del BCE, se hace cargo de la maltrecha Grecia. Nuestros destinos, ¡ay!, en manos de los mercados, esa entelequia.

MAQUINARIA. Decir que todo es culpa del mercado es algo así como alegar el “yo no he sido” de Bart Simpson. Los mercados somos todos y es que cada vez que desembolsamos un euro, engrasamos la maquinaria mercantil. No se trata –necesariamente- de fugarnos al monte, convertidos en ermitaños, pero sí podemos indignarnos, es decir, no comprar a según quien. Tenemos, de hecho, una gran ocasión de hacerlo, el próximo domingo en el mercado electoral.

DELITO. Mientras yo me indigno, íntimamente, con el anuncio de Telefónica, el oligarca y Fréderic fuman un puro, cuyo humo dibuja la silueta del dólar. El guiño es, definitivamente, cómplice, es decir: que coopera en la ejecución de un delito o falta. Delito frívolo, de echar unas risas, de los que no pasarán a la historia, pero delito -de mal gusto- al fin y al cabo.

NADA PERSONAL

•noviembre 7, 2011 • Dejar un comentario

A pesar de lo que diga Julio Wallovits, las personas sí son marcas o quieren serlo –por lo menos algunas-. Para muestra, un botón: el movimiento Occupy Wall Street ha solicitado a la oficina de patentes norteamericana su registro como idem. Con el fin de utilizar su sello de forma exclusiva en camisetas, bolsos y otros productos de merchandising, ha pedido su protección como cualquier hijo de vecino imperialista. Sin embargo, antes de que los neoyorquinos cursaran su solicitud, Fer-Eng Investments había hecho lo propio, de modo que podría darse el caso de que una empresa ajena al movimiento se lucrara con su esencia.

Dispuestos a convertir el puño en alto de Wall Street en el sucesor del daguerrotipo del Che, la empresa de Arizona puja así por el símbolo de la revolución. No carece de ironía el hecho de que tanto los unos como los otros –sobre todo los unos, ya que a los otros se les supone- quieran pasar por el aro de la marca, divisa imprescindible para deambular por la economía moderna.

Pero rasquemos un poco más, porque detrás de las marcas, como en todo, hay personas. Según 20 Minutos, el movimiento Ocuppy Wall Street se encarnó en una pareja, Robert y Diane Maresca, a la hora de ir a la oficina de patentes. Ellos niegan que quieran sacarle provecho y se justifican aludiendo a que otro neoyorquino ya se adjudicó la propiedad intelectual de la frase “Somos el 99%”.  Otro indignado, Ray Agrizone, ha lanzado la tienda online The Occupy Store, para, supuestamente, dar voz al movimiento. “Entreprotester”, se autodenomina. ¿Luchando contra el mercantilismo con sus mismas armas? ¿O haciéndolo a su favor? Una cosa me queda clara: los neoyorquinos, incluso los indignados, llevan el espíritu emprendedor en su naturaleza, como el alacrán del cuento.

Pero volvamos a Wallovits y a su artículo en Yorokubu, revista cuyo consumo debería ser obligatorio en todos los hogares. En él, habla, no tanto de que las personas no deban ser marcas, como que de las marcas deban ser personas. Los ejemplos de esta creencia abundan: desde directivos que twittean en primera persona cada mañana, hasta empleados hablando en nombre de su empresa en las páginas de Facebook. ¿Por qué esta necesidad de ver los rostros detrás de las marcas? Puede resultar obvio, pero quizás es tan sencillo como que años atrás, todo era personal, mientras que, ahora, casi nada lo es.

Esta es la herencia del fordismo: cuando el señor Ford nos regaló la posibilidad de disfrutar del sueño americano por un módico precio, nos condenó a hacerlo todos de la misma forma. Réplica eres y en réplica te convertirás. A lo largo de un siglo, el gran consumo fue expandiendo su noción de bienestar, como una plaga beatífica. Todos fuimos volviéndonos iguales, incluso cuando éramos diferentes, comprando un Mac o viajando al otro extremo del mundo. Para bien o para mal (para mal, de hecho), lo somos cada vez menos.

Hartos de la masificación, se nos rompió el amor con las marcas, como escenifica este vídeo clásico del marketing 2.0. Queríamos sentirnos distintos, especiales, únicos y los señores Zuckerberg y Dorsey cumplieron nuestros deseos, regalándonos las redes sociales. El hambre se juntaba con las ganas de comer: por fin los consumidores hablaban de tú a tú con las marcas.

Y en estas disquisiciones estábamos cuando a Robert y Diane se les ocurrió registrar “Occupy Wall Street”, por lo que pudiera pasar. Que hay muchas camisetas en el mundo y andamos cortos de eslóganes. A eso lo llamo yo marketing.

En fin, mientras twitteáis el próximo hashtag de moda, yo me voy a la oficina de patentes a registrar “Perla del Turia”, no vaya a ser que mañana me encuentre un póster con un maniquí rubio y no vea un duro a cambio. Que yo antes que persona, soy marca, acabáramos.

PRINCIPIO Y FIN: WALT DISNEY Y “EL RESPLANDOR”

•noviembre 1, 2011 • 4 comentarios

Hoy en “Principio y fin”, revisitamos “El resplandor”, una obra maestra de Stanley Kubrick que tuve la suerte de volver a ver el sábado, por cortesía de Phenomena. Aunque todo, como en el cerdo, es aprovechable en esta película, empezaremos a despiezarlo por el principio, siendo fieles al titular de este post. (Os animo a llegar hasta el final, o a saltaros los próximos párrafos sin que yo lo vea, para que descubráis los maravillosos bonus tracks que he traído. Avisados estáis.)

La película empieza sobrevolando un paisaje aparentemente idílico, mientras suenan los primeros acordes de una melodía ominosa. Como un ave de presa, seguimos, a lomos de la cámara, a un coche minúsculo por la ladera de la montaña, adelantándolo para volver a cazarlo más tarde. Todo son aristas en esta naturaleza abrupta. El trayecto, desde ángulos dispares, se vuelve laberíntico a pesar de su trazado recto, por obra y gracia de un montaje preciso, quirúrgico. La amenaza se intuye incluso en los títulos de crédito que desfilan sin remisión, en chocante azul fosforescente.

Por algún extraño motivo, esta apertura me recuerda a la de las películas de Walt Disney. La vista aérea y los meandros de la carretera o río, según el caso, son curiosamente parecidos. Ignoro si la apertura de Walt Disney es anterior al “Resplandor” –lo dudo-, pero me parece una simpática broma del destino que la felicidad y el terror cinematográficos se hermanen de esta manera. (Ojo al oxímoron, por cierto: me hace tan feliz Kubrick con “El resplandor”, como me aterrorizan algunas películas de Disney.)

Las conexiones con el tío Walt, de hecho, no acaban ahí, ya que en la escena en la que padre e hijo se sinceran en el apartamento, Danny luce un jersey de punto con el célebre ratón, insignia de la factoría: Mickey Mouse. Otro símbolo del exitoso american way-of-life aparece en otro jersey del niño protagonista: Apollo 11, el cohete de la primera misión tripulada en llegar a la luna. Las victorias norteamericanas abrigan el cuerpo indefenso de Danny, sufriendo así el acoso de un temible Jack Torrance. Que tiemble el sueño americano.

Este simbolismo muestra cómo “El resplandor” es, probablemente, un punto de inflexión. Advierto que mi cultura cinematográfica es limitada en este género, pero me aventuro a afirmar que esta película marca un antes y un después. Si la pauta clásica establece que los buenos se salvan y los malvados mueren, “El resplandor”, aun respetando el patrón, empieza a resquebrajar sus cimientos.

El final, y así cerramos el círculo, es un ejemplo claro: una vez subidos al tractor quitanieves, Wendy y Danny desaparecen en la oscuridad para perder protagonismo, cuando dejan de ser víctimas seguras. Jack se aferra a su misión, huyendo por el laberinto, para acabar muriendo congelado. Tras el plano que da fe de su muerte, asistimos, en los últimos minutos, a un auténtico happy-ending fantasmal: por fin Jack ha vuelto a su auténtica familia, pasando a ser uno más de los invitados de honor del Overlook.

Ese plano de un sonriente Jack Torrance, integrado en tan selecto club, es un avance de lo que está por venir: los finales fallidos. Y es que a partir de algún momento de los 90, las películas de terror empezaron a acabar mal. Los protagonistas morían masivamente (“Cube“), perpetuaban la maldición de turno (“The ring“) o se perdían en algún lugar del limbo (“Silent Hill“). Aunque “El resplandor” no acabe mal en el sentido clásico, sí supone una victoria para los habitantes del Overlook que pasan a añadir a un miembro más a su lista de honorables huéspedes.

BONUS TRACK 1:

Lo prometido es deuda, aquí va: si el principio y el final del “Resplandor” son una auténtica delicia, su “durante” no lo es menos. Entre las muchas perlas que esconde, me quedo con la que descubre Rob Ager en su web Collative Learning. Ager desvela en estos vídeos la arquitectura imposible del Overlook, auténtica muestra del fino sadismo de Kubrick. Con el fin de marearnos tanto como a sus desvalidos protagonistas, el director construye un hotel digno de Escher, en el que nada encaja. Os animo a que volváis a ver la película, con estos mapas en mente. Más deliciosa aún si cabe. Enjoy!

BONUS TRACK 2:

Y aquí otra perlita de lo que pudo ser y no fue, que ya enseñamos aquí hace un par de años: “El resplandor”, versión comedia romántica.

 
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